Fortalecimiento del espíritu

Caracas, 6 y 7 de agosto de 2011

 

Fortalecimiento del Espíritu

(Un Testimonio Más…)

A veces pasan cosas en nuestra vida que nos conmueven, nos tocan y nos fortalecen el espíritu. Yo acabo de pasar por una de ellas y trataré de compartirla.

Había tenido unos días bastante agitados. El lunes, 25 de julio de 2011, tenía que salir en un viaje de trabajo nuevamente hacia Bogotá. El avión salió bastante retrasado, así que llegué al hotel casi a las 3:30 a.m. A las 8:00 a.m. comenzó la reunión y allí pasamos todo el día. Mi celular no había tenido conexión desde mi llegada a Bogotá. Como a las 4:30 p.m. conseguí tener acceso a internet y me encontré un mensaje de mi secretaria indicándome que había logrado cambiar mi pasaje y que mi regreso a Caracas estaba pautado para ese mismo día. Para la hora en que me enteré del cambio, ya yo había pautado quedarme en Bogotá y tenía reuniones para el día siguiente. Llamé a mi secretaria y le comenté que yo sólo había mandado a averiguar si podíamos hacer el cambio, pero no a hacer el cambio. Mi cliente en Bogotá no estaba muy satisfecho con la noticia del cambio de vuelo. Sin embargo, todo cuadró, a pesar de lo tarde que estábamos haciendo el check-out. En fin, a pesar de lo avanzado de la hora, del tráfico en Bogotá y de lo inesperado del cambio, todo cuadró para que yo regresara el martes 26 de julio a Caracas, en lugar del miércoles 27 en la noche, como lo tenía planeado originalmente.

En la mañana del miércoles 27 llamé a mi mamá. Lo primero que ella me preguntó fue que dónde estaba yo. Le comenté que estaba en Caracas porque me había venido un día antes. Ella se sorprendió y exclamó: “¡Alabado sea Dios!”. En ese momento yo aún no entendía la importancia que tenía que yo hubiera regresado un día antes a Caracas, en contra de todos mis planes.

Hacía aproximadamente un mes y dos semanas, a mi mami le habían diagnosticado que tenía hepatitis “A”. Se había puesto muy amarilla. Había estado cumpliendo estrictamente con el reposo y con una dieta a punta de frutas y de verduras. Se había hecho exámenes de sangre semanalmente y había ido a consulta con esos exámenes durante todo este tiempo. Sin embargo, aun cuando en las primeras semanas todo parecía marchar bien, ahora no parecía mejorar. Yo ya le había dicho varias veces que no entendía lo que estaba pasando. Le preguntaba que qué había dicho el médico. Ella me contestaba que él le había dicho que todo era normal…que ése era el proceso de la enfermedad. Cuando una semana y media antes había vuelto a vomitar, la había vuelto a cuestionar. Le dije que yo había leído que los síntomas de la hepatitis se manifestaban principalmente al principio de la enfermedad, pero que ya después de tanto tiempo no entendía por qué seguía vomitando. Ella lo había hablado con el médico y me dijo que probablemente era porque le había caído pesado algo que había comido. La última semana, ya yo no oía bien a mi mami cuando hablábamos. Le dije que por favor conversara nuevamente con el médico. Me dijo que lo haría pero que no me preocupara, que ella estaba controlada, pero que el problema era que parecía que había cosas que le caían pesadas en el estómago. Realmente cuando vomitaba era cuando peor se sentía. El viernes 22, había tenido cita con el médico, quien, a raíz de que los valores revelados en los exámenes de laboratorio habían subido, le mandó a hacer a mi mamá un ecosonograma. Yo le había dicho a mi mami que no entendía por qué ahora había que hacerle un ecosonograma a estas alturas. Ya le habían hecho uno cuando la habían diagnosticado hacía mes y medio y me dijo que sí y todo había salido bien…

El miércoles 27 en la mañana, mi mamá me comentó que estaba un poco preocupada. Se había hecho el eco con un gastroenterólogo referido por su médico internista y no había entendido bien lo que el médico le había dicho. Lo único que tenía claro era que ahora se tenía que hacer una endoscopia, que le habían hablado de punción y de echar cuchillo… Yo cada vez entendía menos lo que estaba pasando. Le dije a mi mami que tenía que hablar con su médico y preguntarle qué era lo que estaba pasando, por qué le estaban mandando a hacer estos exámenes, y qué era lo que él estaba viendo. Le dije que me avisara apenas supiera.

A las 11 a.m. ese mismo día estaba en mi carro, llegando a una reunión, cuando sonó mi celular. Era mi mamá para decirme que había hablado con su médico y que él le había dicho que ella tenía que hacer todo lo que le dijera el gastroenterólogo. Le pregunté a mi mami que si ella le había hecho al médico todas las preguntas que yo le había pedido que le hiciera y me dijo que sí, pero que lo único que le había quedado claro era que debía hacer todo lo que le dijera el gastroenterólogo. Terminando esta conversación, y sin mucha paciencia, le pedí a mi mamá que me diera el número del celular del doctor. Ella sin decir más nada me lo dio. Me despedí, tranqué e inmediatamente después marqué el número que me había dado. Para este momento no sé cuántas vueltas le había dado a la plaza donde me encontraba. …

El doctor me contestó la llamada. Me presenté explicándole que yo era Maritza Mészáros, la hija de Dora Reyes de Mészáros, y que estaba preocupada porque no entendía lo que le pasaba a mi mami ni por qué le estaban mandando a hacer una endoscopia. Él me contestó algo parecido a lo siguiente: “Mire mija, lo que pasa en que su mamá tiene o un cáncer de páncreas o un cáncer de papila…”. Yo no sabía qué era la “papila”, pero obviamente, sí sabía que en ambos casos se trataba de cáncer, que el cáncer de páncreas era delicadísimo, y que esto no sonaba nada bien…Sentí como que me hubieran echado un balde de agua fría encima. Le dije al doctor: “Doctor, ¿de qué me está hablando?… mi mamá lo que tiene es hepatitis…”. Me contestó que realmente lo importante era hacer lo que dijera el gastroenterólogo. Le pregunté que desde cuándo se había determinado que mi mamá tuviera cáncer y me dijo que eso debía haber estado allí desde el principio. Varias veces durante la conversación me pidió que, por favor, no le dijera nada a mi mamá y comentó que él había tratado de manejarlo con ella de la manera más suave posible. Inmediatamente al trancar le pedí a Dios que me ayudara… estaba tan aturdida… llamé a la primera persona que me vino a la mente, con quien había estado cuadrando una cita unos minutos antes, y que pensé que me podía orientar. Él, gracias a Dios, había combatido el cáncer exitosamente… casi ni pude saludarlo, a pesar de no haber hablado con él por teléfono en aproximadamente un año, creo que sólo dije que me acababan de avisar que mi mamá tenía cáncer de páncreas o de papila y que si tenía alguna sugerencia. Él me preguntó si ya la habían diagnosticado. Le dije los términos de la conversación con el médico, y él me dio el teléfono de un médico que él conocía: El Dr. González Sarría.…Esa mera referencia sería una gran bendición en todo el proceso que seguiría.

Llamé al médico que me había referido. Gracias a Dios me atendió con una gran deferencia y me dijo que ingresara a mi mami por la emergencia de la clínica para tratar de hacerle todos los exámenes ese mismo día, hacer un diagnóstico y determinar cómo proceder. Yo me sentí aliviada de encontrar a alguien tan dispuesto y tan profesional. Como le escribí agradecida a quien me había dado la excelente referencia… ya estaba encaminada… por lo menos con respecto a qué hacer con mi mami, porque para cuando recuperé un poco el entendimiento, estaba en la Cota Mil, camino hacia Guarenas…llamé a mi mami y le pedí a mi hermano que la bajara para encontrarnos en la emergencia de la clínica. Logré regresar al lugar donde todo había comenzado, y fui a mi reunión, donde desde hacía ya bastante rato me estaban esperando.

Aquí quisiera hacer un paréntesis para reconocer cuán bello es que quienes te rodean se pongan en tus zapatos. Las personas que me esperaban para la reunión, al enterarse de lo que había pasado, me dijeron que ellos tenían muy claras las prioridades en la vida. Hicimos una reunión muy corta con el equipo de trabajo, y quedamos coordinados para nuestra reunión del día siguiente, donde estarían ejecutivos que llegaban de varios países del exterior y donde yo debía dar una presentación.

Cuando salí de la reunión me enteré de que mi mamá aún estaba en su casa… Cuando logré comunicarme, ella casi no podía hablar… me decía que tenía mucho frío, y que se sentía muy mal. Mi hermano no podía ni meterla en el carro de tanto que temblaba. Yo todavía estaba tratando de entender cómo habíamos llegado a que mi mamá de estar hablando perfectamente apenas una hora antes, ahora ya no podía ni comunicarse coherentemente. Con ayuda de una ambulancia, que por cierto nos prestó un servicio excelente, mi mami llegó a la clínica. Ya yo había hecho todo el papeleo. La atendieron en emergencia. Allí me enteré que tenía una septicemia, es decir, una infección en la sangre. Tres médicos nos ayudaron, junto con sus asistentes… El Dr. González Sarría, el Dr. Bronstein y el Dr. Morgenstern. Inmediatamente la empezaron a tratar con antibióticos. Aunque ella durmió una buena parte de esa tarde y de esa noche, tuvimos oportunidad de hablar mucho. Yo atesoraba cada palabra que ella me decía. No podía sino pensar en que a lo mejor ésa sería la última vez que podría compartir con mi mami. El peso de ese pensamiento y el dolor que me causaba eran demasiado grandes para mí. Le entregué al Espíritu Santo todo ese peso y ese dolor. Le pedí que me diera la fuerza, porque yo no la tenía. Obviamente, no podía contarle a mi mamá lo que había dicho su internista por teléfono, así que, haciendo de tripas corazón, conversamos de todos los temas posibles… de mis hijos, de la vida, de mi hermano, de mi papá, ya fallecido, de su abuela… yo tenía mi celular y trataba de anotar las cosas más importantes que ella me decía, para poderlo releer después…

Entre todas las cosas que mi mamá me dijo, me contó que había pensado en su bisabuela. Me dijo: “No sé por qué estoy pensando últimamente tanto en Mamá Domitila… Ella vivió hasta los 100 años… Le he visto los ojos.  Los tenía azules.   Todavía la recuerdo sentada y vestida… tan elegante, pero con sobriedad.  Ella siempre estaba sentada, con su falda hasta los pies.  Tenía algo en la cabeza.  Nunca le vi el cabello. Era un sombrerito… no era canotier… era mucho más antiguo, pero de ala liso y como cuadradito arriba… me acuerdo de la hechura pero no del material…”.

Entre las cosas que me comentó, mi mami me dijo que el domingo anterior (24 de julio), cuando había estado muy mal, sintió a una persona sentada en la almohada en su cama que pasó ahí con ella toda la noche.  Era una mujer.  Mi mami sabía que no era su mamá, y estaba segura que era su hermana, la tía Betty, porque era menudita. Mi tía Betty falleció el año pasado.  Estaba vestida con unos bermudas y con una blusa por fuera, toda de blanco.  Mi mami le vio las piernas y estaba ahora preguntándose cómo era que ella se acordaba de cómo estaba vestida… Mi mamá comentó que no se asustó y que más bien pasó la noche en paz y tranquila a pesar de sentirse tan mal.  Al terminar de hablar de tía Betty, vi en mi celular los mensajes que habían llegado en ese momento y uno de ellos era de “My Heritage”, una página que hizo mi hijo mayor con relación a la familia y que te avisa de los cumpleaños.  Lo abrí, y el mensaje decía: 29 de julio, 82 cumpleaños de Blanca Beatriz Jiménez Reyes. Envíe felicitaciones a Blanca Beatriz… Se lo comenté a mi mamá y creo que ambas le mandamos felicitaciones anticipadas a la tía Betty con nuestro pensamiento…

A mi mami, durante la tarde le hicieron una serie de exámenes. El Dr. González Sarría me había dicho que él esperaba tener un diagnóstico bastante acertado al final del día, una vez que hubiera revisado todos los exámenes.

En algún momento durante la tarde, cuando estaba a solas con mi mami en el cuartito en la emergencia y ella estaba durmiendo, oré a Dios por su sanación con todas las fuerzas de mi espíritu. Le dije a Dios que Él era el creador del universo, que Él tenía todo el poder, que la fe podía mover montañas y que nada era imposible a través de Él. Le dije que Él había sanado desde el principio de los tiempos, que Jesús había sanado a ciegos, sordos y enfermos, que incluso había resucitado… Le dije cómo yo sabía que Él le había concedido unos años más de vida a mi padre para permitirle que se acercara a Él… y que, aunque yo sabía que mi mami estaba muy cerca de Él, le pedía que nos concediera más tiempo con ella… lo pedía especialmente por mis hijos… ellos ya habían sufrido la muerte de tres de sus abuelos, y de unas tías abuelas muy queridas. Además, justo el fin de semana, acabábamos de visitar a otro tío abuelo que también estaba muy enfermo.

Sabiendo cuán unidos están mis hijos a la única abuelita que les queda y cuán consentidora y amorosa es mi mami, me partía el corazón pensar en el sufrimiento de mis hijos… además, justo antes de ir a Bogotá, mi hijo mayor me había comentado que él estaba rezando mucho y pidiéndole a Dios que le permitiera a su abuelita estar presente el día de su boda… Mi hijo mayor sólo tiene 16 años y nunca ha tenido novia… en ese momento, calculé cuántos años tendría mi mamá para cuando mi hijo mayor se fuera a casar… incluso si se casara muy joven… sonreí y le dije a mi hijo algo como esto: “Mi amor, me parece bello que le estés pidiendo eso a Dios. Yo voy a pedir lo mismo. Dios es nuestro Padre que nos ama y nos protege. Y está bien que uno pida. Así como nuestros padres oyen nuestras peticiones y tratan de complacernos, lo mismo pasa con Dios. Ahora bien, es posible que nuestros padres decidan no concedernos lo que les estamos pidiendo, porque no lo consideren conveniente o porque no entre dentro de sus planes, y tenemos que entender y aceptar que es posible que ésa no sea la voluntad de Dios, pero está bien que nosotros lo pidamos, así que continuemos haciéndolo”. Ahora, pocos días después de esa conversación con mi querido hijo, me enfrentaba a la cruda posibilidad de perder a mi madre en un corto plazo.

Por cierto, que yo estoy y he estado siempre clarísima en que cada día de vida es un regalo de Dios y que en cualquier momento puede terminar…o más bien, empezar… También he tenido claro que debemos aprovechar cada día al máximo y que debemos dar lo más que podamos de nosotros mismos. Enfrentada ahora a la posible partida de mi madre, era difícil poner en práctica todo lo que sabía. El Espíritu Santo, sin embargo, me llenó de su paz y de su amor. Podía sentirlo y sabía que, pasara lo que pasara, todo estaría bien… sabía que estar bien no significaría que no habría dolor ni sufrimiento, sino que significaba que el Espíritu Santo estaría ahí, acompañándonos en cada paso en el camino…

El Dr. Bronstein conversó conmigo y me pintó un dibujito que recuerdo claramente y que me sirvió para entender las opciones. Mi madre lo que tenía era una obstrucción en la vía por donde pasa la bilis. A raíz de eso, la bilis se estaba derramando y había infectado la sangre, porque su vía normal de salida desde el hígado estaba tapada. Había tres razones por las cuales generalmente se obstruía el paso de la bilis… la primera, la mejor opción, era que fuera un cálculo de la vesícula que se hubiera salido y hubiera obstruido el paso. Las otras dos opciones eran cáncer de papila o cáncer de páncreas. El jueves él haría una endoscopia para ver qué era lo que estaba pasando y tratar de meter un tubito para que la bilis pudiera salir por ahí.

Le comenté al médico que yo no le había dicho a mi mamá nada sobre qué era lo que estaba pasando. Él me dijo que mi mami no era ninguna tonta y que hablaríamos con ella. Entró adonde se encontraba mi mami y en forma muy transparente le explicó que el paso de la bilis estaba trancado y que le harían una endoscopia para meterle un tubito. Me encantó la forma en la que él le transmitió la información a mi mamá. Le dio la información necesaria, sin angustiarla sin necesidad con información de más.

A las 6:21 p.m. del miércoles 27, en la emergencia de la clínica, mientras le hacían a mi mami uno de sus exámenes, escribí lo siguiente:

Si fuera por mí, en este momento detendría el mundo.   Me concentraría únicamente en pedirle a Dios que te proteja, mami, que el Espíritu Santo te acompañe y te de aliento, y que te sane de cualquier enfermedad que puedas tener.

Todo pierde importancia cuando nos enfrentamos de manera tan súbita a la posibilidad cierta de la pérdida física de un ser tan querido como el que nos dio la vida.

Mami querida: me formé en tus entrañas, fruto del amor entre mi padre y tú.  Fui deseada y querida desde entonces.  Y he tenido el privilegio de tenerte, de disfrutarte, de alimentarme de tu sabiduría y de recibir tu amor.  En este cuarto frío, mientras te hacen todos los exámenes requeridos, revivo cada instante que he pasado a tu lado. Recuerdo tus tiernas caricias,  tu voz, firme, serena y llena de amor y la inmensa sensación de seguridad y de incondicionalidad que siempre me has brindado.  Increíblemente, estoy serena porque sé que todo está en manos de Dios y que Él sabe y controla todo.  También sé que si Él decidiera llevarte consigo, alegrarías el cielo con tu entusiasmo y tu energía.

Hace poco me dijiste que cuando estás cantando en el coro de la iglesia, tú te ves chiquita, como de 3 años, en el cielo,  escondiéndote debajo de las túnicas de los ángeles que alaban a Dios y avanzando, poco a poco.  Tú cantas, alabándolo también, y escondidita, vas pasando de túnica en túnica, y te asomas, y te vas acercando poquito a poco a la primera fila.  Y cuando logras llegar,  ves a Dios y Él te mira a ti.  Y aunque no te habla, tú sabes que Él está feliz y que le gusta como cantas.

Te pregunté que cómo lo veías, y me dijiste que como a un viejo sabio, dulce y con mucha autoridad. Comentaste que Tú sabías que Él te oía entre todas las voces, y que, aunque no cantaras tan bien, a Él le gustaba como tú cantabas.  Eso te hacía feliz.  Mami, a mí me hace feliz saber que tú estás tan cerca de Dios y del Espíritu Santo. Sé que has gozado de saber que Él está contigo, que te habla y que te acompaña.  Y sé que  cuando Él te llame, será en el momento preciso en que así lo haya prescrito.

En algún momento de la tarde, el Dr. González Sarría me había comentado que si se trataba de cáncer de papila o de páncreas, él no recomendaba hacer ninguna operación. Me dijo que si la paciente tuviera menos de 50 años, a lo mejor valdría la pena tratar, pero que en este caso, no tenía sentido porque esas operaciones eran demasiado invasivas, que había que sacar partes del intestino y del páncreas, y que a él no le gustaría tener que decirme que mi mamá se había quedado en la operación. Me dijo que con el tubito, si lograban metérselo, mi mami se sentiría mejor y así yo podría disfrutarla por el tiempo que le quedara.

Aproximadamente a las 10:30 de la noche hablé nuevamente con el Dr. González Sarría. Él me dijo que después de haber revisado los resultados de todas las pruebas que le habían hecho a mi mamá ese día, él creía que se trataba de un cáncer de papila. La verdad es que esto simplemente ratificó lo que ya había estado en mi mente desde antes del mediodía. Me dijo que además había encontrado un tumor grande en el ovario, pero que eso no tenía nada que ver con lo otro…Me explicó que la razón por la cual estaba descartando que se tratara de cálculos de la vesícula era porque normalmente, la vesícula tendría cálculos y que, sin embargo, en la tomografía que le habían hecho, la vesícula de mi mami aparecía limpia.

Tuve la oportunidad de hablar ese día con cada unos de los 3 médicos a cargo de mi mamá. No hubiera podido tener mejores médicos ni que yo misma hubiera salido a tratar de escoger a cada uno de ellos. Cada uno me explicó la situación desde su punto de vista. Con cada uno comenté que mi mami estaba muy cerca de Dios y que yo me sentía tranquila. Les dije que yo había orado por su sanación y que yo sabía que todo estaba en manos de Dios. ¡Y así era! Al Dr. Bronstein le dije que estaría rezando para que el Espíritu Santo guiara sus manos, para que les diera entendimiento, para que pudieran utilizar sus conocimientos y para que les diera sabiduría para saber lo que hacer. Todos demostraron una gran empatía y un gran profesionalismo y estuvieron pendientes y haciéndole seguimiento al caso en todo momento.

Esa noche, como no había habitaciones en la clínica, mi mami y yo nos quedamos en la emergencia. Mi mami descansó muy tranquilita y yo pude acompañarla, sorprendida del poco sueño que tenía, siendo yo tan dormilona. Descansaba por ratos, la miraba en silencio, oraba y recordaba. Y así llegó un nuevo día.

Cuando mi mami se despertó me dijo que saludara a Dios.  Dije en voz alta,”¡Buenos días, Espíritu Santo!”, y ella me dijo: “¡Así es, mi amor!,  ¡eso es todo!”.  Me comentó que había recordado hace poco que la abuela Marta (su mami), decía “poder de Dios en la tierra”, refiriéndose al Espíritu Santo, cuando rezaba. Esto tiene una gran relevancia ahora, cuando mirando para atrás veo estas palabras y las conecto con la canción que fluyó sola en el cuarto de la clínica, cuyo título es “Espíritu Santo, ¡Buenos días!” y que copio al final de este relato. Aquí hago un paréntesis para hacer énfasis en que a veces, cuando estamos en el medio de una situación, no le encontramos sentido a lo que está pasando… después, cuando miramos hacia atrás y ya hemos salido del túnel, nos damos cuenta que no había coincidencias, que todo tenía un sentido y que, realmente, se trataba, como decía un amigo nuestro, y yo digo mucho ahora, de una incidencia de Dios. En inglés suena también muy bello: “There are no coincidences, there are God incidences!”. Otra de las “coincidencias” en este caso, donde hay muchas, es que yo haya regresado de Colombia un día antes de lo planeado. Mi mami después me comentó que ella le había estado pidiendo a Dios que me trajera. Sus palabras textuales fueron: “Señor…tráeme a Maritza…”.

Mi mami y yo seguimos conversando hasta que, al final de la mañana, llegó la hora de hacerle la endoscopia. En algún momento mi mamá me dijo que no me preocupara porque todavía no había llegado su hora y aún no se la iban a llevar. La miré a los ojos y como una niña le pregunté, con mi alma implorando que tuviera razón: “Mami, ¿cómo sabes?”. Me contestó que no era por mí…que era por mi hermano que aún la necesitaba. Yo, con lágrimas en los ojos, le dije que yo también la necesitaba y que sus nietecitos la necesitaban aún más. Mi mami y yo oramos.

Me senté frente al cuarto donde le estaban haciendo la endoscopia a mi mami. Allí había un señor italiano, esperando a su esposa, a quien le estaban haciendo un examen. Conversé con él un rato y me dio placer oír cuántos años de casado tenía y cuán pendiente estaba de su esposa. ¡Qué bello es el ejemplo de aquéllos que lo han logrado, con perseverancia, con empeño, y con amor…!

En algún momento, se abrió la puerta de donde sabía estaba mi mamá y salió el Dr. Bronstein. Yo estaba frente a la puerta sentada y mi mirada se fijó en la suya. Miraba con intensidad sus ojos azules sin lograr leer la respuesta en ellos y preguntándome por qué habrían salido tan rápido… yo me había imaginado que se tardarían más tiempo metiendo el tubito… El Dr. Bronstein me preguntó: “¿Usted estaba rezando, verdad?” Yo simplemente contesté: “Sí…”. Él se sentó a mi lado y yo no podía apartar mi mirada de sus ojos. Me dijo: “Le voy a pedir que usted también rece por mí”… yo no pude contestar… creo que en un instante pasaron por mi mente todas las posibilidades de lo que esas palabras querrían decir… entonces el Dr. Bronstein dijo las palabras más maravillosas que yo podía haber pensado que iba a escuchar: “¡Dos cálculos de este tamaño!”, mientras con ambas manos me mostraba el tamaño de los cálculos cerrando su índice y su pulgar… yo no pude contener mi entusiasmo y me levanté con los brazos en alto exclamando: “¡Gracias Dios mío!”… después le dije: “¡Venga para darle un abrazo!”. Lo abracé con toda la emoción que embargaba mi corazón… abracé también a su asistente y creo que hubiera abrazado a todos los que se encontraban ahí si hubiera podido… le volví a dar gracias a Dios, mientras oía que otros también exclamaban: “¡Gracias a Dios!”. Me encantó saber que gracias a las palabras del médico, toda la gloria se la estaba llevando quien se la debía llevar.

El Dr. Bronstein me comentó que ya le había sacado los dos cálculos a mi mamá y que no había habido necesidad de meter el tubito. Todo había resultado bien. Mi mamá salió del cuartito ya hablando y pareciendo otra persona… ya en la noche se le veía otro color. Ni ella ni yo nos podíamos creer lo bien que se sentía…

El Dr. González Sarría pasó por el cuarto y después de saludarnos y conversar le dijo a mi mami que al día siguiente le sacaría por laparoscopia la vesícula y el ovario. Mi mamá le preguntó: “¿Mañana?”… y él contestó: “¿y hasta cuándo quiere esperar?… ¿hasta diciembre?”. Nos reímos y él comentó que era preferible hacerlo de una vez ya que tenían a mi mami hospitalizada.

Llegó un nuevo amanecer. Nos despertamos como a las cinco de la mañana. Pasamos nuevamente la mañana conversando. Ya mi mami se sentía bastante mejor y, además, ya no tenía el color amarillento que la había caracterizado durante el último mes y medio… ¡Qué grato es simplemente conversar, sin apuro, sin prisa… simplemente hablar y compartir el tiempo con alguien que quieres…!

Nos repetíamos lo increíble de la situación. Más aún, nos impresionaba el hecho de que mi mamá, realmente, nunca había tenido hepatitis… yo había tenido esta sospecha desde que uno de los enfermeros de la emergencia me comentó que los exámenes de laboratorio que yo le había dado del último mes y medio no evidenciaban hepatitis… ya después la sospecha fue una convicción cuando el Dr. Morgenstern nos ratificó esto… también hablamos sobre los designios de Dios y lo increíble que era que yo hubiera regresado antes de lo planeado.

Ahora, viendo todo en retrospectiva, cada pieza del rompecabezas estaba en su lugar y todo tenía sentido… conversamos de muchas otras cosas, hasta que llegó la hora de la laparoscopia. Acompañé a mi mami al quirófano, nos despedimos nuevamente y subí a la habitación después de pedirle a Dios que la acompañara.

Unos minutos después, sonó el teléfono.  Atendí y me preguntaron que qué habitación era ésa.  Contesté que la 819 y me preguntaron que de quién era la habitación.  Ahí yo, ya un poco maliciosa, por la cantidad de veces que nos hemos enfrentado a personas que lo que buscan es hacer daño, pregunté que quién me hablaba.  Resultó ser el maravilloso Dr. González Sarría. “Ahhh!”, le dije… “¿cómo está, doctor?”.  Me preguntó si yo era la hija de la Sra. Dora y le dije que sí.  Me dijo:   “Le quería avisar que aquí estoy con su mamá, que le estoy agarrando la mano y ya estamos listos. Me dijeron que ayer sus oraciones habían sido muy exitosas, así que la estoy llamando para que empiece a rezar”… Se me inundó el corazón de emoción al darme cuenta que el Espíritu Santo seguía presente, evidenciándose en las palabras de los médicos que atendían a mi mamá. Le contesté que ya yo había rezado, pero que principalmente le había dado las gracias a Dios, porque Él ya había hecho todo lo que iba a hacer el día anterior. Por primera vez concienticé que realmente así me sentía… ya todo estaba hecho y yo sentía una gran tranquilidad en mi corazón… yo ya no tenía que pedir nada más… estaba totalmente llena y sabía que la misericordia y el amor de Dios son infinitos. También me di cuenta de que las palabras que le había dicho al Dr. González Sarría habían brotado de mi boca, sin yo siquiera entender por qué las había dicho… Cuando tranqué, no pude contener las lágrimas.  Me acerqué a la ventana y oré sollozante, dándole gracias nuevamente a Dios, reconociendo la cantidad de errores que he cometido y cometo diariamente y todos mis defectos, pidiéndole que me limpiara y que me permitiera acercarme cada día más a Él, y dándole a Él toda la gloria porque suya es.  Las lágrimas brotaban de mis ojos mientras sentía la presencia del Espíritu Santo consolándome. Sentía como ondas suaves y constantes que penetraban a través de mis dedos y fluían por mis brazos. Podía haberme quedado así para siempre. ¡Qué bello es conocer el amor de Dios, y tener la certeza de que el Espíritu Santo, que es el poder de Dios en esta Tierra, nos acompaña por nuestro camino, nos recoge cuando nos caemos y nos ayuda a seguir avanzando para lograr el objetivo!  ¡Te amo, Padre!

Esa noche mi mamá en algún momento me pidió que le bajara la cama… al día siguiente me comentó que cuando me había pedido eso, ella había visto a mi papá mirándola sentado desde la cabecera de la cama. Miré y ahí no había ninguna silla. Contesté eso y mi mami me dijo: “Mi amor, tu padre estuvo sentado ahí mirándome como por cinco segundos y después se fue”. Le dije: “Mamá, ¿por qué no me lo dijiste?”. Yo hubiera querido al menos decirle: “¡Papi, te quiero!”. Me contestó que ella siempre había oído que había que respetar todos estos temas y que por eso no lo había dicho. Me pareció bien, aunque en mi corazón le mandé a mi padre un inmenso abrazo y un gran “Te quiero”.

Durante los días siguientes mi mami se fue recuperando rápidamente. Aprovechamos para conversar aún más. Yo, además, aproveché para escribir. Me sentía inspirada y entre el sábado y el domingo, escribí una canción y dos poesías. Mi única labor realmente era tomar el bolígrafo o la guitarra que me había traído de la casa para practicar las canciones que cantaría en la iglesia el domingo. Todo lo demás simplemente fluía sólo. De hecho, grabé la canción “¡Espíritu Santo, ¡Buenos Días!” en el momento en que la estaba componiendo… salió solita… después tuve que volverla a oír para pasarla a mi cuaderno… La encontrarán junto con los otros dos poemas de la clínica al final de este relato (Espíritu Santo, ¡Buenos días!, Vieron y no creyeron, Ábreme la mente, Padre) porque si han tenido la paciencia de llegar hasta aquí en su lectura, a lo mejor también les interesará leerlos.

Salimos de la clínica el 1° de agosto después del mediodía… mi mami recuperándose con el paso de cada minuto y yo fortalecida en mi espíritu, además de agradecida a todos aquéllos que Dios puso en nuestro camino y que nos auxiliaron, nos dijeron una palabra de apoyo, nos acompañaron con sus pensamientos, llamadas y oraciones, o simplemente nos sonrieron y nos alentaron.

No sé si mi mami efectivamente vivirá hasta los 100 años como Mamá Domitila, ni sé si yo dejaré este mundo terrenal mañana… lo que sí sé es que hoy, le reconozco toda la gloria a Dios por su misericordia y por su gracia, y que disfruto y continuaré disfrutando el presente como si fuera mi último día, pidiéndole al Espíritu Santo que me acompañe y que nunca me abandone… ni siquiera cuando yo me pierda en el camino…

Escribí este testimonio, porque aunque sé que sólo es uno de muchos en mi vida, y que diariamente ocurren eventos increíbles en las vidas de otros seres humanos, en diversas latitudes, donde es evidente la presencia de Dios, sentí una imperiosa necesidad de compartirlo. Ya antes, en muchas ocasiones, he visto y oído de innumerables casos en los que la mano de Dios se manifiesta. Yo misma he tenido esa bendición en diversas circunstancias y etapas de mi vida. En esos casos, quienes han estado directamente involucrados en la situación se han beneficiado de entender y de sentir la omnipotencia de Dios y su amor. Si sirven estas palabras sólo para dar un atisbo al lector de lo inmenso y lo profundo del amor de Dios, se regocijará mi espíritu.

No me queda sino agregar que ayer le leí todo esto a mi mami al terminar de escribirlo. Hoy en la mañana, cuando me llamó para saludarme, me comentó que mi hermano le había dicho que la veía triste en estos días, aunque cada día se siente mejor. Me dijo que ayer en la noche, después de oír todo este recuento se había ido a dormir tranquila, pensando que si Dios está con ella, no hay nada que temer… ¡y así, tal cual, es!

 

Acontecimientos posteriores:

Dos semanas después de haber sido dada de alta, mi mami tuvo su cita con el Dr. González Sarría para conocer los resultados de la biopsia. El doctor le comentó que tenía una noticia mala y una buena y le preguntó que cuál quería que le dijera primero. Mi mami le pidió que por favor le dijera la mala primero. El Dr. González Sarría la miró y le dijo sonriendo: “La mala es que no nos vamos a ver más…”. Mi mami sonrió de vuelta, diciendo “¡Alabado sea Dios!”.

El 29 de agosto, casi un mes después de lo acontecido, una prima médico vio los exámenes de mi mami y comentó dos cosas: Que mi mami había tenido una colangitis y que el porcentaje de muerte en estos casos es bastante alto, y que no entendía por qué en el ecosonograma que le habían hecho a mi mami a mediados de junio, cuando la diagnosticaron con hepatitis A, no habían aparecido las vías biliares afectadas. Algún día con más tiempo, analizaremos todo esto. Por ahora, seguimos dándole gracias a Dios diariamente y disfrutando de estar juntas.

Les invito a disfrutar de algunas fotos junto a mi mami y mi hijo mayor, en el marco del bautizo del primer volumen del CD “Espíritu en Movimiento”.

Maritza Mészáros

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