La Comunicación (2)

Estábamos conversando en un restaurante, disfrutando sin interrupciones.  Ella no tiene celular “inteligente” y el mío no estaba conectado al wifi y no tenía señal. Casi parece un sueño el sentirse conectado sin estar conectado.  Es algo que hace apenas unos años era lo normal y ahora parece tan lejano…

Hablábamos de una multitud de temas…Conversábamos sobre nuestras vidas personales, sobre nuestros fracasos, nuestros logros, nuestros sueños…Nos estábamos poniendo al día, lo cual hacíamos cada vez que teníamos la oportunidad de vernos.  Eso ocurría solamente cuando yo lograba viajar y coordinábamos nuestros encuentros.  Vivíamos en continentes distintos y, sin embargo, a pesar de la distancia y del tiempo transcurrido, habíamos logrado mantener nuestra amistad.

En algún momento durante la conversación, comencé a contarle que había estado en casa de unos amigos almorzando ese día y que habían preparado un pato exquisito. Como el húngaro no es mi idioma natal,  mi vocabulario es restringido.  Más aún, como no lo utilizo a menudo, muchas veces hasta las palabras que conozco se escapan de mi mente y tengo que hacer un esfuerzo por recordarlas.  Eso ocurrió con la palabra “pato”.  No podía recordar cómo se decía.  Opté por lo que pensé sería la solución más fácil y dije:  “cua cua” pensando que inmediatamente esta onomatopeya ayudaría a mi amiga a entender a qué me estaba refiriendo.  Ella me contestó en húngaro:  “Béka?”.

“Béka?”…La miraba sonriendo y repitiendo lo que ella había dicho, totalmente incrédula.  De dónde habría sacado ella que yo me podía estar refiriendo a una rana si claramente le había dicho: “cua cua”.  Le pregunté justo eso.  Le repetí “cua cua”, pensando que eso lo aclararía.  Me miró e impávida me volvió a repetir que si me estaba refiriendo a una rana .  Para mi era totalmente inexplicable lo que estaba ocurriendo.  Me provocó dejarlo hasta ahí pero resolví seguir intentando comunicar lo que había querido decir.  Después de varios intentos que me recordaron el juego de mímica, entre otros, ella me pregunto que si me refería a un ave. Cuando le contesté afirmativamente, comenzó a enumerar en húngaro una serie de tipos de aves y entre las palabras que mencionó reconocí aquella que no recordaba a pesar de conocerla…”¡Kacsa!”.  Repetí la palabra en voz alta varias veces, haciéndole entender que eso era justo lo que había comido en el delicioso almuerzo que me habían ofrecido mis amigos.

Mi insistencia en tratar de hacerle entender a qué me estaba refiriendo y la paciencia de mi amiga, nos permitieron finalmente comunicarnos adecuadamente y asegurarnos de estar transmitiendo y recibiendo la información correctamente.

Fue entonces cuando me explicó que en Hungría los patos no hacían “cua, cua”…hacían “hap hap”.  Después nos dimos cuenta que había muchos otros animales que nos hubieran podido llevar a confusiones similares.  Nos divertimos y aprendimos.  La lección más importante fue la de nunca dar por sentado que quien nos escucha está entendiendo lo que nosotros queremos decir.  Vale la pena detenerse para asegurarse que la comunicación está fluyendo adecuadamente.

Debemos aprender a comunicarnos para evitar una pérdida de energía y de tiempo innecesarios.  ¡No debemos asumir ni presumir!.  Confirmemos antes de concluir y de reaccionar.

 

19 de julio de 2017

Maritza Mészáros

Autor

Abogada, Nacida en Caracas, Venezuela. Fundadora de Espíritu en Movimiento

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