In Devocionales en el Espíritu

Les comparto una lectura interesante sobre los planes de Dios y nuestros planes.

Wilhem queria predicar. A los veinticinco años tenía en la vida la experiencia suficiente como para saber que estaba hecho para el ministerio. Vendió objetos de arte, enseñó idiomas, se encargó del comercio de libros, podía ganarse el pan de todos los días. Pero eso no era una vida. Su vida estaba en la iglesia. Su pasión estaba con la gente.

Entonces esa pasión lo llevó a los yacimientos de carbón del sur de Bélgica. Allí, en la primavera de 1879, este alemán comenzó su ministerio entre los simples trabajadores mineros de Borinage.

En semanas probó su entusiasmo. En una catástrofe minera murieron decenas de personas. Wilhem trabajó día y noche para atender a los erizos alimentar a los hambrientos. Rapaba incluso los desechos de sustancias de la mina de carbón para calentar a la gente. Luego que se despejaron los escombros y se enterró a los muertos, el joven predicador se ganó un lugar en sus corazones. La pequeña iglesia desbordaba de gente hambrienta de sus sencillos mensajes de amor. El joven Wilhem estaba haciendo lo que siempre soñó.

Pero…

Un día, su superior llegó a visitarlo. El estilo de vida de Wilhem lo impresionó. El joven predicador usaba un sobretodo de soldado, sus pantalones estaban hechos con arpillera y vivía en una simple cabaña. Además, Wilhem le daba su salario a la gente. Su superior estaba realmente impresionado. “Usted luce más lastimosamente que las personas que vienen aquí a que les enseñe”, dijo. Wilhem le preguntó si Jesús no hubiera hecho lo mismo, pero su interlocutor consideraba que esa no era la apariencia apropiada para un ministro. Entonces despidió a Wilhem del ministerio.

El joven estaba devastado. Sólo quería construir una iglesia. Sólo quería hacer algo bueno. Sólo quería honrar a Dios. Estaba dolido y con ira. Estuvo unas semanas en una pequeña ciudad, sin saber qué hacer. Pero luego, ocurrió lo mas extraño. Un atardecer, notó a un viejo minero torcido bajo el enorme peso del carbón que acarreaba. Impresionado por la pena, Wilhem tomó de su bolsillo un trozo de papel y comenzó a bosquejar la cansada figura. Su primer intento fue tosco, el mundo no lo sabía, pero Wilhem, en ese preciso momento, descubrió su verdadero llamado.

No a la ropa de clérigo, pero sí a la camisa de un artista.
No al púlpito de un pastor, pero sí a la paleta de un pintor.
No al ministerio de las palabras, pero sí al de las imágenes. El hombre joven, el líder, no rehusó convertirse en el artista que el mundo no pudo resistir:

Vincent Wilhelm Van Gogh.

 

Tomado del libro ‘Enfrente a sus Gigantes’ de Max Lucado

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